Mate o café, "Fierro" o "Facundo",
Hernández a los tumbos con Sarmiento,
San Martín o Belgrano, pueblo lento
como encerrado en su propio mundo.
Borges o Perón, caciques o Roca,
libros o alpargatas. Es nuestra historia
que derrotada nos lleva a la gloria
de ser argentinos: River o Boca.
Amigos de encrucijadas siempre fuimos
Eva o Victoria, entre famosas
la guerra no la paz, así vivimos.
Cerveza o vino, Urquiza o Rosas;
ya van doscientos años y seguimos
discutiendo sobre las mismas cosas.
jueves, 20 de mayo de 2010
jueves, 26 de julio de 2007

Ya pronto la culturaargentina habrá de
cumplir 200 años de
disyuntivas. En el mejor
libro de Sarmiento
podemos encontrar la que
más ha importado:
Civilización o Barbarie.
Tal vez, la encrucijada
venga desde siempre:
Liniers o Cisneros,
Moreno o Saavedra,
"Facundo" o "Martín Fierro",
Félix Luna o Felipe Pigna,
y cada generación sin madurar
a su tiempo la renueve, o de una buena vez por todas madure y se decida a sumar cambiando la "o" por la "y".

Asado argentino
Por estos tiempos la organización de un asado
puede ser anulada por algún compromiso posterior.
No todas las carnicerías han cerrado para siempre
y aún se puede conseguir asado de tira, un buen vacío,
como también chorizos, morcillas y mollejas,
que de alguna forma ya pertenecen a los sueños.
Esta costumbre de los gauchos era de los pampas,
indios que cazaban a campo abierto, con lanzas
y boleadoras, ciervos en las aguadas. Los españoles
trajeron caballos y ganado vacuno. Dos veces
fundaron Buenos Aires. Nubes de polvo violento
divisaban desde los mangrullos, mientras el pánico
se aferraba a las rejas de las estancias:
¡Un malón!
Eran el mismo diablo y su magia
con los incendios.
Echeverría da más miedo en La Cautiva.
El tiempo de los arados
les fue quitando atardeceres
y aprendieron, entre otras cosas,
a comercial hacienda mal habida.
No se han perdido
en la naturaleza de la llanura,
indio pampa que por viejo o balazo moría,
en lo temprano de la mañana
regresaba como zorzal.
Por estos tiempos la organización de un asado
puede ser anulada por algún compromiso posterior.
No todas las carnicerías han cerrado para siempre
y aún se puede conseguir asado de tira, un buen vacío,
como también chorizos, morcillas y mollejas,
que de alguna forma ya pertenecen a los sueños.
Esta costumbre de los gauchos era de los pampas,
indios que cazaban a campo abierto, con lanzas
y boleadoras, ciervos en las aguadas. Los españoles
trajeron caballos y ganado vacuno. Dos veces
fundaron Buenos Aires. Nubes de polvo violento
divisaban desde los mangrullos, mientras el pánico

se aferraba a las rejas de las estancias:
¡Un malón!
Eran el mismo diablo y su magia
con los incendios.
Echeverría da más miedo en La Cautiva.
El tiempo de los arados
les fue quitando atardeceres
y aprendieron, entre otras cosas,
a comercial hacienda mal habida.
No se han perdido
en la naturaleza de la llanura,
indio pampa que por viejo o balazo moría,
en lo temprano de la mañana
regresaba como zorzal.
De "Trabajando palabras" de Miroslav Scheuba

Ivonne Bordelois
recibiendo el
Premio
Ensayo
La Nación-
Sudamericana
2005
por su libro
El país que
nos habla.
De Ivonne Bordelois
incluyo este soneto:
EL ENEMIGO
Hubo una guerra. Todos la perdimos.
Hubo una historia: todos la olvidamos.
Hubo una patria: todos la vendimos.
Hubo un amor y todos traicionamos.
Una ciudad espléndida tuvimos
que se quedó sin fiesta y sin ramos.
No me pregunten cuánto la quisimos
si alguien sabe por qué la abandonamos.
Esta es mi tierra, la que yo he elegido.
Una esperanza humilde es su vestido
y el resplandor de un río enamorado.
Que alguien me diga dónde se ha escondido
el enemigo cruel, el mal nacido
que así destruye lo que más se ha amado.
Jorge Luis Borges
1899-1986
Fragmento de FRAGMENTOS DE UN EVANGELIO APÓCRIFO
4. Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.
6. No basta ser el último para ser alguna vez el primero.
8. Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo.
11. Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha
está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.
14. Nadie es la sal de la tierra;
nadie, en algún momento de su vida, no lo es.
15. Que la luz de una lámpara se encienda,
aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.
17. El que matare por la causa de la justicia,
o por la causa que él creyere justa, no tiene culpa.
18. Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
19. No odies a tu enemigo, porque si lo haces,
eres de algún modo su esclavo.
Tu odio nunca será mejor que tu paz.
24. No exageres el culto de la verdad; no hay hombre
que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.
25. No jures, porque todo juramento es un énfasis.
26. Resiste el mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere
en la mejilla derecha, puedes volverle la otra,
siempre que no te mueva el temor.
27. Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es
la única venganza y el único perdón.
28. Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo;
amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.
30. No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio,
y éste, de la tristeza y el tedio.
31 Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así,
no es tuyo el error.
33. Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos;
lo que importa es dar.
34. Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar.
39. La puerta es la que elige, no el hombre.
40. No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras;
pueden ser mejores o peores.
41. Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena,
pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.
47. Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.
48. Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo
la derrota o las palmas.
49. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo,
porque éstas darán luz a sus días.
50. Felices los amados, felices los amantes
Ernesto Sábato
1911 -
Esto escribe Sábato en su novela
"ABADÓN, el exterminador":
Me pedís consejos, pero no te los puedo dar en una simple carta, ni siquiera con las ideas de mis ensayos, que no corresponden tanto a lo que verdaderamente soy sino a lo que querría ser, si no estuviera encarnado en esta carroña podrida o a punto de podrirse que es mi cuerpo. No te puedo ayudar con esas solas ideas, bamboleantes en el tumulto de mis ficciones como esas boyas ancladas en la costa sacudidas por la furia de la tempestad. Más bien podría ayudarte (y quizá lo he hecho) con esa mezcla de ideas con fantasmas vociferantes o silenciosos que salieron de mi interior en las novelas, que se odian o se aman, se apoyan o se destruyen, apoyándome y destruyéndome a mí mismo. No rehuyo darte la mano que de tan lejos me pedís. Pero lo que puedo decirte en una carta vale muy poco, a veces menos que lo que podría animarte con una mirada, con un café que tomáramos juntos, con alguna caminata en este laberinto de Buenos Aires. Te desanimás porque no sé quién te dijo no sé qué. Pero ese amigo o conocido (qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con suficiencia como toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o su superior olvidando ( tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida. La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Sthendal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario. Pero es natural, Balzac había escrito la Comedia Humana y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo. De Brahms se rieron tipos semejantes a Sainte-Beuve: cómo ese gordo iba a hacer algo importante? Un tal Hugo Wolf sentenció en el estreno de la cuarta sinfonía: “Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante”. Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero.>
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