jueves, 26 de julio de 2007

Olga Orozco
1920-1999

"Yo, Olga Orozco, desde tu corazón
digo a todos que muero.
Amé la soledad,
la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños
y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó
entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor
de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos
y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún ladra la desdicha en el rostro de aquella
que se buscaba en mí igual que un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tu verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda
y más oscura que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
-Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en la pared del primer aposento-."

De la nueva poesía argentina quisiera citar un libro
Nadie enduela su voz como plegaria
de Carlos Juárez Aldazábal. De este libro, un poema:

El telar

En este huso la lana se hilvanó
para tejerse en mantas y en abrigos:
las manos se acostumbraron a dejar
un poquito de sangre en las agujas,
agradeciendo el oficio
que enseñaban las monjas.

En el museo de la Misión
hay un cuaderno de caligrafía,
y un cuaderno de sumas
y un sacapuntas negro.
"De la última india pura pura",
dijo el guía señalando el lápiz.

También hay una manta
que ha tejido la historia:
es una manta de alcohol
y de destino,
indicio de las pestes;
es una manta de abandono,
abrigando una infancia
que ha negado su origen.

Esa manta la envuelve.

Es una manta oscura, como la sangrecita
que dejaba en el huso cuando la monja
le mostraba la lana que debía ser hilo;
como su pueblo que enrojece la tierra,
la tierra pura pura, telar de historia vieja,
de infamia vieja, de infamia roja roja
ensuciando la nieve.

Para Virginia Choinquitel, en memoria


Foto tomada
el 17/07/07
con motivo de
la presentación
en Buenos Aires
de la Revista de
Creación y
Crítica Fórnix.
Cerca de las
banderas la
poeta Susana Cella,
luego el poeta
Carlos Juárez Aldazábal
y Renato Sandoval,
fundador y director de la revista de edición latinoamericana.

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